Mi sangre

Tengo menos de diez años. Mi padre me va a enseñar a lavarme la cara con la poca agua que le cabe a una jícara. Mi madre nos acompaña. Me mojo (o me mojan) la cara. Mi padre me dice que me enjabone con las dos manos. Listo, ahora debo meter la cara en la jícara. No me atrevo, me da miedo. ¿Qué tal si me ahogo? ¿Qué tal si se me mete el agua en la nariz? ¿Qué tal si…? Los miedos infantiles son infinitos e ilógicos como el tiempo infantil. No meto la cara. Mi padre grita, me ordena con rabia. No me atrevo, no puedo decirle que tengo miedo (el miedo no es para los hombres, además de que no puedo contradecir a mi padre en nada, en realidad no puedo hablar con él para nada). Lleno de ira me toma la cabeza y me la arroja dentro de la jícara. Yo no veía venir su mano y su furia (lo ojos cerrados, la cabeza agachada), simplemente me sentí arrojado y mi nariz choca con el extremo de la jícara y revienta en sangre. Sangro de la nariz. No recuerdo quién o cómo me limpiaron la cara de jabón. Mi madre me auxilia, «levanta la cabeza», me ordena. Yo no puedo pensar nada, ni siquiera recuerdo qué sentí (no me refiero al dolor). Así son las cosas de niño, suceden y no hay razón para explicárselas. No hay razón ni para el odio.

Desde entonces los momentos de sangrado de mi nariz fueron regulares en mi infancia y adolescencia.

Mi tiple

Sé que ya he contado una y otra vez la siguiente historia en voz viva, no así su conclusión. El cuento es el siguiente. Yo viví casi en el centro de la ciudad más grande del Sur de Jalisco, Ciudad Guzmán. Ahí, en nuestra casa, con bastante frecuencia eramos visitados por personas que vivían en las rancherías aledañas, El Fresnito, Las Canoas, etc. Muchos nos visitaban porque mi madre tenía una relación con la gente de rancho de manera consanguínea (mi propio abuelo vivía en El Fresnito a quien visitábamos con regularidad los fines de semana). Pero también nos visitaban por razones económicas, muchos de los hermanos mayores de esa gente se había ido a trabajar a los EEUU y mandaban sus ganancias del trabajo a nuestro domicilio ya que el correo no podía llegar a aquellas rancherías (o bien, temían que los cheques fueran robados, qué se yo). La cosa es que constantemente había gente de rancho ahí en nuestra casa. De tanto escucharlos fue natural que yo adquiriera su «tiple» (su acento, su forma de hablar). De modo que de vez en cuando me escucho a mí mismo hablando como ranchero. Mis propios alumnos me lo han hecho notar y yo no siento vergüenza alguna al hacerlo.

Conclusión (la que señalaba que no había dicho con anterioridad), no me siento mal por tener ese tiple. Muy al contrario me siento bien porque, de alguna manera, me sé unido a ellos (a la gente de los pueblos del Sur) y es precisamente con ellos con quienes me siento enteramente perteneciente a un lugar.

Permanencia y tradición

I

Me gusta volver a mi pueblo con la intención de sentirme recibido por algo que no cambia (los mismos cerros, los mismos edificios, los mismos senderos) y en ello supongo uno de los signos de lo eterno. Entonces, para mí, volver es sentirme dentro de lo eterno.

II

Al parecer ese sentimiento y recurso de lo eterno es algo más o menos social o, por lo menos, familiar. Hallo cosas que no deseamos cambiar precisamente para sentirnos seguros de que lo eterno se encuentra dentro de casa. En cierta ocasión cayó un lagartijo en el respiradero del baño de arriba. El respiradero no era otra cosa que un tubo PVC que salía del techo y se alzaba al cielo unos 50 centímetros. Habíamos puesto una rejilla en la base, dentro del baño y era ahí donde el lagartijo había caído y muerto. Jamás mi padre o yo hicimos algo para sacarlo de ahí, de modo que hasta que se desintegró lo dejamos de ver. Era algo que había ocurrido, su caída, fuera de nuestra voluntad de modo que nuestra voluntad no podía intervenir en dicho suceso, la naturaleza era la única que podía continuar con su manipulación.

III

Ese sentimiento de lo eterno, esa inacción frente a la naturaleza, lo extrapolábamos a ciertos sucesos que comenzaban a ocurrir en la medicina. La naturaleza, el ojo, digamos, era una de las acciones de dios que no podíamos tocar. Por eso nos parecía (creo que hablo por los hombres) que era algo increíble el que las mujeres se los tocaran con las uñas como quien se rasca el ombligo.

Tal sentimiento también lo teníamos ante el cerebro mismo. Cuando nos enteramos de que había operaciones quirúrgicas que cercenaban o manipulaban pedazos de cerebro, simplemente nos parecía imposible.

IV

También objetos más simples como camionetas participaban con su sencillez al alcance de la mano. Cuando llegaron los primeros autos que ya no tenían lámina para conformar su carrocería nos parecían menores (respecto de las viejas camionetas de la generación anterior) y hasta los considerábamos como una de las formas de la traición.

V

Ahora la vida moderna está plagada de traiciones por todos lados. La batidora de cocina es más grande y sus materiales son más debiluchos, pero, contrario a lo que pensábamos, son más fuertes a la hora de batir los ingredientes pasteleros. También notamos que nuestros celulares ya no usan para nada los tornillitos con los que otrora cerrábamos firmemente su carcaza. Ahora simplemente se ensamblan y no se sueltan por más que los agitemos en el ajetreo diario.

Luego de la traición viene una rabia incontenible por saber que esos actos traidores son mejores que nuestros viejos aparatos y seguridades.

Alejandro

Vecinos de la calle Núñez, una familia tenía numerosa cantidad de hijos. Uno de ellos se llamaba Alejandro, de mi camada, como decía la gente. Con él y la pandilla nocturna que se formaba por el barrio, jugábamos eternos juegos en una ciudad que todavía no tenía la maldad de las ciudades grandes. Nuestros padres nos dejaban jugar sin preocupaciones hasta altas horas de la noche.
El papá de Alejandro tenía un gran camión de tarima sin redilas. Ahí arriba hacíamos nuestro teatro, a jugar al Chavo del ocho o una pandilla que en el cine fue popular en los 70. También cerca de su domicilio su papás o no sé quién tenía un viejo carro los 50 (de esos que tienen algo de escarabajo, con las llantas ponchadas y polvo por todo lados). Esa era nuestra guarida, ahí preparábanos nuestros planes para hacer sufrir al enemigo.
Un vecino tenía uno de esos carros que todo niño desea para sí: un Jeep. Alejandro, el más ducho para esas cosas ya sabía manejar y nos pedía que nos subiéramos al Jeep. Cuando estábamos arriba Alejandro quitaba la velocidad del auto y ¡vámonos para abajo! El carro comenzaba a deslizarse calle abajo con todos nosotros disfrutando del viaje. Parábanos y todos bajábamos del auto, menos él, para empujarlo calle arriba. Y así nos aventamos varios viajes.
Los vecinos y mi madre nos recuerdan a Aleiandro y a mí cantando calle arriba y calle abaio, abrazados de los hombros, como compadres, cantando la ley del monte a todo pulmón.
Ay, mi buen amigo, supe mucho tiempo después que un imbecil lo mataría a tiros en la feria de no sé qué pueblucho.

Juanito

Juanito Ábrica, un niño muy humilde es tal vez el mejor amigo que tuve en mi vida. Muy pobre su familia visitaba a la mía en busca de ayuda. Los dos estábamos en la misma primaria y yo lo frecuentaba con regularidad para jugar o hacer la tarea. Movido por un sentimiento de solidaridad ante su pobreza me hizo tenerle un afecto muy especial. La lejanía de esos tiempos ha borrado casi todos los recuerdos que de él hubiese tenido. Ya no sé cómo era su cara, ya ni he sabido nada de su vida. Allá en el fondo de los años ha quedado esa amistad que cosechamos inocentemente.

Mejores amigos

Ya he escrito muchos recuerdos de mi Zapotlán. Pero tengo pendiente uno (o varios, mejor dicho) sobre mis mejores amigos. Recuerdos lejanos se revuelven en mi mente, pero siempre encuentro con cariño los tiempos vividos entre ellos, mis mejores amigos.

Espero no olvidar a ninguno, y también creo que lo mejor será irlos recordando sin razón cronológica. Así que en estos días iré escribiendo sobre ellos sin que ningún otro pensamiento se entremezcle.

Mis mejores amigos, mi historia de vida no sería la misma sin ellos.

Reacciones

No sé qué relación anímica haya entre mi espíritu y las nubes grandes y pesadas que presagian lluvia. Ignoro porqué me agrada la lluvia. Quiero explicármelo diciendo que me viene todo esto por la esperanza heredada de mi abuelo campesino para quien la lluvia era algo más que una bendición concreta, la esperanza de un volver a cultivar sus milpas, sus plantitas trepadoras; en una palabra, su vida.

Lo cierto es que cuando el cielo se oscurece por motivo de estas nubes siento algo tan grande que incluso domina mi intelecto y me dejo llevar por esta absorbente sensación que me hace sentir perteneciente a algo más grande que mis percepciones. ¿Será ese sentimiento que algunos religiosos llaman éxtasis?

Mirar, entonces, para mí se convierte en una forma de participar en lo grandioso de la naturaleza. Algún conocimiento tengo de todo esto, pero el éxtasis es tal que ahí mismo queda ese conocimiento y desaparece cuando vuelvo a ver la tierra. Como cuando en sueños tenemos ya el tesoro en nuestras manos y no queremos deshacernos de él pues intuimos que estamos soñando y que lo perderemos al despertar. Tal es lo que me sucede al dejar el éxtasis del que pierdo un conocimiento que no puede ser vertido en palabras. Sin embargo, la sensación de haberlo tenido es al menos un consuelo del que me conformo cuando logro describir todas estas sensaciones.